"La escalera estaba encajada en un raíl por arriba y en otro por abajo y era totalmente segura, a pesar de lo cual la sujeté con las dos manos, movido por ese instinto que nos impulsa a sujetar una escalera cuando otra persona sube por ella. Hice algo más, también por instinto, sin pensar. Miré. Lo que vi no lo había visto nunca de aquel modo. Su culo, dos panes redondos y rubios, con una pasmosa raja entre ambos y una película de pelitos que parecían limaduras de cobre.
Me había pasado la vida meditando y reflexionando sobre la deprimente fealdad de aquella zona, que ya había visto previamente bajo las faldas de mi madre y de mis tías, alarmante como un nido de ratones, vulgar como el polvo que recogen las aspiradoras, obsceno pero obligatorio, cruda confrontación por la que todo hombre debe pasar algún día. No me extrañaba que fuese pecado mirarlo, pecado desearlo y más pecado aún penetrarlo fuera del matrimonio.
Sin embargo allí estaba, en la escalera, a metro y medio de mí, una nubecilla de color panocha que flotaba en la tienda de campaña de su falda, bañada en la claridad eléctrica del sol que entraba por la ventana. Yo estaba hipnotizado. Entonces oí su voz."
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1 comentario:
Hostia, el Willard.
Cuanto tiempo.....
¿Aguanta aún el Patrol?.
Y sí, hubo que pasar por eso...
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